Gulpiyuri se ha convertido en una parada obligatoria. Aparece en todas las listas, en todos los itinerarios del oriente asturiano, en todas las recomendaciones de qué ver en Asturias antes de morir. Y eso, paradójicamente, es parte del problema. La mayoría de los visitantes llegan, aparcan el coche, bajan los trescientos metros del sendero, hacen la foto, suben de vuelta y continúan hacia la siguiente parada obligatoria. Gulpiyuri, uno de los fenómenos geológicos más singulares de la costa cantábrica, se ha convertido en un punto de un check-list. Se visita sin llegar a conocerse.
No es un caso aislado. Es el síntoma de algo más profundo.
De secreto a parada obligatoria
La primera vez que fui a Gulpiyuri fue hace unos treinta años. Y fue al segundo intento. No había un camino claro y era posible pasar por allí de forma tan discreta que era fácil seguir de largo sin saber que a pocos metros, entre los prados, se escondía uno de los fenómenos geológicos más singulares de toda la costa cantábrica. No había señales. No había aparcamiento. No había nada que indicara que allí había algo que ver. Y precisamente por eso, cuando la encontrabas, sentías que habías descubierto algo.
El proceso ha sido rápido. Las redes sociales, las guías de viaje online y los rankings de lugares imprescindibles han convertido Gulpiyuri en un punto de un check-list turístico. No culpo a quien lo hace. Es el modelo de turismo que se ha impuesto y que todos, en mayor o menor medida, hemos practicado alguna vez. El problema no es el turista individual. El problema es el sistema que convierte lugares únicos en meros hitos de un circuito, que les asigna un valor fotográfico y los vacía de todo lo demás.


Lo que se pierde
Lo que se pierde no es fácil de medir. No es solo la soledad, aunque también. Es la posibilidad de quedarte el tiempo suficiente para entender lo que estás viendo: que el agua que hay ahí abajo viene del mar a través de galerías subterráneas en la roca caliza, que la marea sube y baja en esa pequeña playa interior exactamente igual que en la costa abierta a cien metros de allí, que estás ante un fenómeno que ha tardado miles de años en formarse y que existe en muy pocos lugares del planeta.
Eso no se ve en una foto. Se ve quedándose. Escuchando. Volviendo cuando baja la marea para ver cómo cambia. Ese Gulpiyuri todavía existe, pero cada vez es más difícil de encontrar entre la gente.
Por qué cuento esto
No lo cuento para disuadir a nadie de ir a Gulpiyuri. Lo cuento porque creo que la forma en que nos relacionamos con los lugares importa. Y porque hay una Asturias entera que todavía funciona como funcionaba Gulpiyuri hace treinta años: discreta, sin señales, sin aparcamiento, sin nada que indique que allí hay algo que ver. Y que precisamente por eso, cuando la encuentras, sientes que has descubierto algo.
Esa es la Asturias que intento mostrar con Asturias a Tu Paso. No una lista de obligadas, sino una forma de mirar que permite ver lo que los demás pasan de largo.
Descubre esa otra Asturias en nuestras guías.

